Por primera vez en dos décadas, Activision se desvía de su regla de oro y sacude su tradicional calendario de lanzamientos. Call of Duty. La franquicia lleva 17 años creciendo al ritmo de un juego al año, pero eso está a punto de cambiar. De hecho, la última información facilitada por el estudio no menciona ningún título nuevo para 2023, un lanzamiento importante que trastorna algo más que un calendario.

Call of Duty
Imagen: Reproducción

La licencia Call of Duty

Lanzada en 2003, la licencia Call of Duty se convirtió rápidamente en una referencia en el mundo de los shooters en primera persona. Hace veinte años, supuso una auténtica revolución en términos de mecánica, pero también de narrativa. La guerra se pone de moda y los jugadores piden más. Apenas dos años después del primer opus, Activision estableció su tradición y las entregas pasaron a ser anuales.

Desde entonces, el agua ha corrido bajo el puente, y la institución en que se ha convertido Call of Duty no sólo lucha por reinventarse, sino que se enfrenta a las dificultades que le otorga su notoriedad. Si no sabemos a qué se debe este vuelco, ¿significa la muerte inevitable de la franquicia al igual que cualquier moda, o la simple urgencia de renovarse? 

Expectativas inalcanzables

Si el ritmo de lanzamientos anuales ha conseguido mantenerse durante tanto tiempo, se debe principalmente a la ingeniosa organización de Activision. La empresa matriz ha ido añadiendo varios estudios a lo largo de los años y hoy cuenta con más de quince. Entre ellos figuran nombres tan famosos como sus juegos: Treyarch, Infinity Ward, Raven Software y Sledgehammer Games. Estos se alternan de año en año, lo que ha dado a la franquicia su ecléctico catálogo.

El frenético ritmo de lanzamientos, por tanto, no lo es tanto para los estudios, que suelen tener al menos dos años por delante para diseñar su siguiente entrada. Sin embargo, producir un Call of Duty en 2003 no tiene nada que ver con producir un juego en 2022. Dada su reputación, el desarrollo de una obra de licencia requiere muchos recursos financieros y humanos para responder lo mejor posible a las expectativas de los jugadores, que siempre son más altas y precisas.

Las apuestas actuales son, por tanto, sustanciales y repercuten sin duda en el tiempo de desarrollo. Los medios tecnológicos pueden ser "rápidos", pero no pueden seguir el ritmo marcado por Activision. Ya se trate de mejoras técnicas, gráficos, fluidez, disparos o incluso comodidad de juego, la modernidad tiene un coste y no es necesariamente monetario.

Impulsadas por una sociedad de consumo cada vez más viva, las exigencias de los jugadores son cada vez menos asequibles. Una situación que también ha creado el problema del "crunch", el periodo al final de la creación de un juego durante el cual las condiciones de trabajo de los desarrolladores se degradan considerablemente para terminar el título a tiempo, cueste lo que cueste. 

Desde que esta práctica perjudicial para los trabajadores del sector fue descubierta por el gran público, los estudios no han tenido más remedio que aceptar dos soluciones: aplazar la fecha de lanzamiento del juego en cuestión, o lanzarlo en el estado aunque no esté terminado.

Un ritmo que desaparece

En Activision, los dirigentes han optado por no desviarse de su norma, a veces en detrimento de la calidad de sus videojuegos. Una decisión que nos demuestra que a menudo facilidad rima con mediocridad, y que se refleja en las últimas obras. A lo largo de su dilatada carrera, Call of Duty ha tenido algunos momentos de debilidad, siempre discutibles. Pero eso no vale los reveses que ha sufrido la franquicia en los últimos años.

2018 vio el lanzamiento de Call of Duty Black Ops 4, que decepcionó un poco a los fans de la saga por la falta de un modo para un jugador, aunque lo peor estaba por llegar. Fue en 2020 cuando llegó la verdadera decepción con el lanzamiento de Black Ops Cold War, que cumplió sus promesas durante unas semanas antes de perder fuelle rápidamente. 

La observación es sentida por los jugadores, pero también por la prensa, ya que el título obtiene una puntuación de 76 en Metacritic, muy media para la franquicia. Este declive continuó al año siguiente con la llegada de Call of Duty Vanguard y su puntuación de 73 en Metacritic.

Entre los críticos, muchos lamentan la falta de coherencia, pero también de calidad, entre los distintos juegos, lo que era de esperar dada la forma de trabajar de Activision. El equilibrio, por tanto, se resiente de una partida a otra, y los jugadores se pierden en los recursos presentes o no en el juego, en las múltiples versiones de armas o incluso en las sensaciones de los disparos. Es aún peor desde que el estudio decidió vincular las temporadas de sus partidas multijugador a las de su battle royale Warzone.

Este último es también una de las raras excepciones al declive de la franquicia. Lanzado en 2020, el juego aprovechó los cierres internacionales para aumentar su popularidad. Un éxito que aún hoy es palpable y que ha podido ver la luz gracias a una buena dosis de innovación. Accesible gratuitamente, Warzone reúne a los jugadores en mapas gigantescos, para partidas a gran escala según el principio de sálvese quien pueda, hasta que gane el mejor.

Además de este fenómeno particular, Activision se ve obligada a recurrir a la técnica del reboot para reunir al público en torno a un juego multijugador tradicional. En 2019, Modern Warfare ve la luz, 12 años después del lanzamiento del juego original y solo 3 años después de su remasterización. El juego no cambia de manos, e Infinity Ward aporta un soplo de aire fresco y modernidad a una superproducción.

El estudio opta así por una apuesta segura para reavivar el interés de los jugadores por Call of Duty , que se extingue poco a poco. Como era de esperar, Call of Duty Modern Warfare 2, lanzado hace unos días, sigue el mismo camino. Sin embargo, ¿apostar por los reboots para restaurar su imagen y justificar el ritmo de lanzamientos no es señal de una mala estrategia?

Empezar más fuerte, pero diferente

Esta situación demuestra que Activision debe tomar una decisión: ¿es mejor hacer un buen juego de vez en cuando o un juego mediocre cada año? Si esta última opción permite actualmente a la empresa asegurar su base de jugadores y garantizar un flujo de caja casi automático, ¿no corre el riesgo de cansar a los jugadores a largo plazo? Se trata de una pregunta que en realidad se aplica a todos los actores de la industria y que ya está resultando pertinente para muchas franquicias: FIFA, Assassin's Creed, etc.

La tecnología nunca avanzará tan rápido como esperan los jugadores, y cada juego que sale al mercado nos lleva a una sociedad de consumo autocontradictoria. Hoy en día, los jugadores quieren tener en sus manos un producto acabado tras su lanzamiento, un juego que no se comprometa y que no tenga que esperar al siguiente para caer en el olvido si fracasa. Para ello, hay que hacer un cambio radical. Pero romper su norma de lanzamientos anuales exigiría a Activision revisar el modelo de negocio del estudio.

Así, los próximos juegos podrían recurrir a un modelo de juego de servicio como Warzone, Overwatch o incluso Fortnite, lo que podría ser tanto una trampa como una escapatoria. Si hoy Activision combina varios modelos, mezclar ambos tiende a ser caótico y la estandarización siempre será beneficiosa. Un lanzamiento cada dos años, por ejemplo, permitiría a los estudios centrarse más en lo que el título aportaría a la franquicia, más allá de nuevos decorados y una interfaz de usuario mal rediseñada. 

Véase también: Análisis del juego Soul Hackers 2; entiende la jugabilidad

28 de noviembre de 2022